Este relato largo fue el primero que escribí con intención de que fuese algo serio. Lo demás considero que fue un poco jugar, cosa que sigo haciendo, por supuesto. Pero en este me dejé los esfuerzos.
Espero que os guste. Lo he dividido en dos partes, sin saber si eso conviene o no, pero es que para una entrada me parece demasiado la extensión del relato.
Me acababa de trasladar desde mi pequeño pueblo a la gran ciudad para estudiar Medicina. Era mi primera salida del hogar maternal, así que me encontraba dubitativo, extrañado y descolocado. Busqué en la ciudad, con las indicaciones que mi madre me había dado, una modesta pensión donde alojarme y encontré una cerca del centro, en una zona muy bien comunicada.
Espero que os guste. Lo he dividido en dos partes, sin saber si eso conviene o no, pero es que para una entrada me parece demasiado la extensión del relato.
Aroma letal
Me acababa de trasladar desde mi pequeño pueblo a la gran ciudad para estudiar Medicina. Era mi primera salida del hogar maternal, así que me encontraba dubitativo, extrañado y descolocado. Busqué en la ciudad, con las indicaciones que mi madre me había dado, una modesta pensión donde alojarme y encontré una cerca del centro, en una zona muy bien comunicada.
La
pensión en sí era oscura, fea y desoladora y la alcoba la acompañaba. Lo único
que había en la habitación, diferente de una celda era una gran ventana que
daba a un parque con jardines espectaculares. Por lo demás, solo había un jergón,
una mugrienta librería y una silla de dudosa estabilidad, pero de recalcada
incomodidad. Había una mesa de madera recubierta de manchones, huellas de vasos,
platos, arañazos y con trazos de tinta, sobre la que deposité mis pertenencias
que eran más bien escasas.
El
dinero que traía se lo llevaban los estudios. Tendría que ahorrar mucho e
incluso buscar algún trabajo complementario, para llegar a culminar mis
estudios, siempre que no repitiera curso.
Salí a dar una vuelta intentando
zafarme del ánimo deprimente de la pensión, me paseé por las callejuelas
circundantes, todas ellas adoquinadas y peatonales, hasta que el sol comenzó a
ponerse. Entonces volví a subir a la habitación. Quería ver el atardecer desde
mi ventana.
Abrí
de par en par los cristales que daban al jardín y aspiré el aroma de las
flores. En ese momento es cuándo más olorosas son. Apenas podía distinguir si
había alguien o la clase de flores que estaban plantadas, ya que aunque estaba
cerca en altura, casi era de noche y el jardín estaba escasamente iluminado.
Tan solo alguna que otra bombilla en los caminos y en el centro, en la fuente,
cuyo sonido sí que podía escuchar.
Era principios de otoño y todavía
el verano se negaba a despedirse del todo. La temperatura era muy grata.
Lo
que más me sorprendía era el increíble aroma de las flores. Era una mezcla
inusitada y extraña. Era mareante, por excesiva, y un poco nauseabunda, por la
intensidad, pero, sin embargo, me atraía y repelía al mismo tiempo.
Así
pensando y cansado del viaje, me quedé dormido, encantado de haber encontrado
este lugar, a pesar de lo mugriento y desvencijado que se veía el edificio por
dentro y por fuera.
Esa
noche soñé, soñé con amenazantes plantas que intentaban devorarme, que estaban
vivas y me sujetaban para que otras me engulleran, me perseguían, me arañaban
y yo me soltaba y corría dando voces…
Al
día siguiente lucía un sol intenso y el olor de las flores había menguado hasta
pasar casi desapercibido. Fui a visitar a un amigo que mi padre me había
recomendado y, a pesar de que dudaba de su amabilidad, me recibió como a un
hijo.
─¡Fabio
Castro Rey! ¿Cómo está? Su padre me llamó ayer para decirme que venía… Pase,
pase, adelante, siéntese y cuente. Dime en qué puedo serle útil.
Poco
había que contar realmente, salvo darle mi dirección pero él, obsequioso,
insistió en volver a vernos con otros colegas galenos, para presentármelos. Al
mirar las señas apuntadas, me preguntó si la habitación de mi pensión daba a un
jardín. Al responderle afirmativamente, se quedó pensativo y me comentó que dicho
parque era propiedad de un científico al que él personalmente consideraba un
perturbado. Me explicó que era médico, como él mismo, pero no ejercía, sino que
se dedicaba a hacer elaboradas pociones con sus propias plantas medicinales,
plantas todas ellas venenosas y cuidadas en su jardín, con las que pretendía
curar a las personas que a él acudían.
¡Vaya casualidad! Me fui con el ánimo
un poco alarmado. Pues soy tímido por naturaleza y huyo siempre de los
problemas. Sin embargo, Rodrigo, el amigo de mi padre me causó muy buena
impresión y me trató en todo momento como si fuera su propio hijo.
Deambulando
por las callejuelas y entre los puestos callejeros, me paré en un puesto de
flores e inmediatamente me acordé del jardín de mi habitación, deseando volver.
Compré un ramo de áster de colores y me fui. Iba oliendo el ramo de flores
recién cortadas y llegué a mi cuarto, abrí la ventana y nuevamente me invadió
un dulce olor y una agradable sensación. Esta vez lo veía ampliamente y en
pleno día. Me incorporé hacia fuera para ver mejor y me asombró el hecho de que
apenas pude reconocer ni una sola de las plantas y flores que en él se encontraban.
Tampoco me consideraba un gran entendido, pero sí un aficionado, y ninguna de
aquellas plantas era reconocible, ni siquiera porque se dieran en lugares
lejanos. El jardín estaba, dentro de su aspecto selvático, muy bien cuidado y
atribuí el hecho de no reconocer estos ejemplares a mi ignorancia sobre plantas
venenosas o carnívoras… Me sobresalté un poco al recordar el sueño que había
tenido esa noche… casualidad…
En
el parque varios caminos y avenidas se entrecruzaban y había una gran fuente
con un Hércules sujetando un mundo, pero estaba tan vieja que se había
desmoronado y apenas era reconocible, aunque su chorro y sus cañerías, al
parecer, seguían funcionando.
A los pies de la fuente crecía una
mata espectacular con unas flores asombrosas de color rojo profundo,
aterciopeladas y muy extrañas, pero tan llamativas como si de mujeres se
tratasen. Era voluminosa. Podría ocupar la mitad de mi habitación y parecía
tener vida propia. No había visto tanta majestuosidad en una planta nunca.
Mientras miraba sus flores extravagantes, apareció un individuo que no supe de
dónde salió. Resultaba demasiado excéntrico como para pasar desapercibido. Llevaba
guantes, mascarilla, orejeras y unas chocantes gafas de natación. Pensé que
estaba loco y que a ese personaje debía referirse el amigo de mi padre. Tenía
todas las herramientas para el cuidado del jardín metidas en una gran caja de
madera con ruedas e iba de planta en planta arrancando, cortando, quitando y
repoblando.
Se
acercaba a la bella mata florida de rojo profundo pero de repente se paró y
llamó:
-¡Violeta!
¡Violeta, por favor, acércate y préstame tu ayuda!
-Si,
padre-, se oyó tenuemente una voz, al tiempo que entraba al jardín una joven morena,
vestida deliciosamente y tan plena de vitalidad que si hubiera sido mayor
hubiera resultado exagerada. Era una ebullición de vida, salud y energía,
reprimida por su inocencia, candor y juventud.
¡Era
como si en la celda del calabozo hubiera entrado el sol! La belleza
sorprendente y natural de esta preciosa joven iluminaba el camino por donde
pasaba y las flores parecían reconocerla y moverse en un gran saludo
protocolario. Paseaba y sus caderas se cimbreaban al hacerlo, sin que por ello
pudiese considerar que era consciente de sus atrevidos contoneos. Su pelo negro,
casi azulado y ondulado desplegaba todo su encanto cayendo en una gran melena
por su espalda. Llevaba sujeta la parte de arriba con un lazo de color rojo
profundo; el mismo rojo que la planta a la que se estaba acercando, esa hermosa
mata.
Permanecieron
hablando pero no podía escuchar lo que decían y el tipo extraño, su padre, se
marchó con andar renqueante y cansado hacia el interior de la casa.
No
sé el tiempo que pude permanecer en esa posición, sin darme cuenta siquiera de
que debía cambiar de postura las piernas si quería que la sangre circulase por
ellas. No me daba cuenta de nada. El tiempo y el espacio habían desaparecido y
solo estaba allí ella, el objeto de mi deseo y tras el que corría ya mi corazón
anhelante y enamorado. Ella se acercó a la planta y como si se tratara de un
ser vivo y querido la abrazó, la acarició y le susurró incomprensibles palabras
que yo no oía pero que denotaban un gran cariño. La besaba, la cuidaba,
arrancaba con sus manos las malas hierbas y la olía como si nunca hubiera olido
una fragancia más exquisita en toda su vida. La imagen, cuando menos, era
perfecta, pastoril y tópica, pero no por ello, menos atrayente. Una hermosa
joven cuidando humildemente de la planta más hermosa de su extraño jardín. No
sabía si era efecto de mis emociones o de mis sentidos y mi fantasía alterados,
pero notaba una gran similitud entre ambas, el color de los labios de ella era
el de sus flores, el terciopelo de su piel blanca, el de sus pétalos y el
cimbreante y esbelto talle el de las hojas alargadas y onduladas. Parecían
hermanas en mi prolífica imaginación. En ese momento cogió unas tijeras y cortó
una de las flores, aspirando su aroma, justo cuando a sus pies pasaba una
lagartija, buscando un soleado rincón y algún que otro insecto que devorar y
dos gotas del líquido de la flor, recién cortada, cayeron sobre ella, pudiendo
ver con espanto como se contorsionaba y temblaba durante un minuto, al cabo del
cual murió. Ella lo vio, suspiró y se hizo el signo de la cruz mientras miraba
hacia el cielo. Seguidamente prendió en su pecho esa flor que había causado la
muerte fulminante de la lagartija, en su propio pecho, junto a su carne y me
pareció que la flor adquiría vida. En ese momento ella alzó la vista y me vio,
corriendo entusiasmada hacia mí.
-¡Buenas
tardes!, ¿Le gusta mi jardín? ¿Hace mucho tiempo que está ahí asomado?-
Yo
confuso como estaba todavía, no atiné más que a coger el ramillete de áster de
colores, que acababa de comprar, y lanzarselos a los brazos diciendo:
--¡Unas
flores para otra flor más bella aún!- . Ella sonrío al recogerlos y musitando
un tímido ¡gracias!, se fue presurosamente hacia la casa, no pudiendo impedir
que yo viera o imaginara, ya no estoy seguro, el color marrón marchito que
asomaba de los áster cuando cruzaba el pórtico de la casa.
Mi
mente era un hervidero de dudas, miedos y contradicciones. Tan pronto la
imaginaba virginal, pura e inocente como diabólica y perversa. Pero no, no, mis
sentidos me habían engañado; estaba lejos y creí ver caer dos gotas de la flor,
pero quizás la lagartija murió por alguna otra razón y los áster no se habían
marchitado en sus brazos, lo que yo había creído ver eran las sombras de la
espalda de su vestido de flores. ¡Si, si, eso tenía que ser! ¡Cómo se me
ocurría imaginar que aquella criatura angelical pudiera tocar con sus dedos y
poner en su pecho una flor que fuera tan venenosa, sin que nada le ocurriese a
ella! No, no era posible, mi cabeza ardía y mi corazón cabalgaba desbocado en
pos de su primer amor.
Apenas
probé bocado ese día y pese a todo el tiempo que pasé asomado al jardín no
volví a ver a ninguno de los dos conocidos. No obstante, las plantas seguían
siendo plantas y no demonios a la luz del sol y, ciertamente, no eran bonitas,
pero porque quizás su misión en el mundo no era ser espectaculares, sino servir
de remedios a la humanidad.
Aunque
trabajosamente me fui calmando, no así mi ansiedad por ver el ya adorado rostro
de mi amada. Por otra parte, no hacía falta recordarme que tenía una
imaginación demasiado prolija y que fácilmente podría haberme engañado
haciéndome creer cosas que no había visto.
De
esta manera, me consolaba y apaciguaba mis temores y anulaba lo que los
sentidos habían percibido, en aras del divino amor, un amor como nunca había
sentido antes.
Estuve
los días siguientes resolviendo papeles necesarios para la matrícula y para
abrir una cuenta y comprando los libros del próximo curso. Ya casi estaba
olvidado el incidente y por más que se asomaba nunca coincidían sus ojos con
nadie en el jardín aunque este seguía impecable todos los días.
Pasados
unos días caminando por las calles más lejanas a mi pensión me encontró Rodrigo,
el amigo de mi padre, al que no quería yo ver en ese instante y, pese a que
intenté pasar desapercibido, su grito llamándome, no pudo ser ignorado. Me
volví y saludé a modo de despedida, pero rápidamente se acercó, tomó mi brazo y
me llevó hacia una mesa cercana para tomar un café. Yo no pedí nada. Únicamente
quería irme. Sin embargo, el hombre menudo y regordete tenía muchas cosas que
decir, las cuales no puedo repetir porque no escuchaba nada. Mi mirada estaba
abstraída en un punto fijo al frente de la calle pero en realidad no veía nada.
-¡Mire,
Fabio! ¡Mire quién baja por la calle! ¡Ni más ni menos que el maníaco-loco de
Quiñones, el científico que vive al lado de su casa!
Yo
miré y me encontré con sus ojos de inmediato. Me estaba mirando a mí fijamente.
Pasó por delante de nosotros sin dejar de mirarme y, no obstante, saludó al
amigo de mi padre. Yo no recordaba haberme cruzado jamás con su mirada o que me
hubiera visto desde mi ventana pero, al parecer, él sí lo había hecho.
-¿Ha
visto?... ¡Le ha mirado! ¡Le miraba a usted! ¿Acaso se conocen?
-No,
mi buen amigo, nunca nos hemos conocido, no me he cruzado con su mirada jamás
hasta este momento –lo cual era toda la verdad.
-Pues
le ha mirado, le ha mirado como si fuese… –se quedó dudando y dijo aliviado- ¡un
experimento, sí! Así le ha mirado- resolvió mi amigo todo sonriente.
-Le
digo que le conoce de algo, quizás no sepa de qué, pero seguro que ¡algo ha
pensado para usted! ¿Es que acaso ha conocido a su hija? ¿Se hablan ustedes?
¿Son amigos?
Me ponía nervioso aquél hombre,
todo el día inquieto y saturándome a preguntas que, cuando menos, eran
personales. Me desembaracé de su insoportable charla en cuanto pude y me
encaminé a la residencia.
De
pronto, cuando iba a entrar en la posada, una anciana a quien yo ya conocía,
por haberla visto muchas veces en la pensión, se acercó a mí sonriendo
amablemente.
-¡Buenos
días, joven! Qué buena está la tarde hoy, ¿verdad? Parece que el otoño es
beneficioso este año y que la temperatura se resiste a bajar, lo cual es bueno
para las plantas. ¡Ah! Hablando de plantas, sé que usted dedica horas a mirar
el jardín de la familia Quiñones… Es que es muy bonito, yo le entiendo, y su
hija más-, sonrió con un guiño a modo de complicidad.
–Por eso, he resuelto que podría
resultarle útil esta entrada al jardín que le voy a mostrar y que todo el mundo
ignora excepto servidora-.
(continuará...)
Hasta aquí va excelente, no he podido parar de leer. Ya sigo...
ResponderEliminarMuchísimas gracias, Verónica. No tardaré en subir la otra parte, pero no quería ser pesado con una entrada enorme.
EliminarGracias por pasarte por aquí y comentar.
Un saludo.
Me he quedado sin palabras amigo mío, mira que ya había disfrutado de tu relato en otra ocasión y me pareció bello, muy bello. Sin embargo en esta ocasión aún me ha dejado más impresionado. No sé si es que lo he leído mucho más tranquilo, con más ganas o que, las mismas flores de ese jardín encantado y maravilloso, tan bien descrito que, su imagen y hasta su aroma pareció llegar a mí dejándome tan turbado y perplejo como a su protagonista. No te digo más que hasta la bella joven pareció asomarse por esta pantalla azulada, con el gesto de sorpresa de sus grandes y hermosos ojos, horrorizada de mi aspecto, viejo y acartonado. Sí, sin duda, hoy, tu hermoso relato inacabado, me dejó sin palabras y admirado. Ni quieras saber lo hermosas y acertadas que me parecen las imágenes elegidas para esta preciosa historia.
ResponderEliminarMuchísimas gracias, Frank. Esto es lo que necesita oír un escritor de vez en cuando, para levantarle un poco el ánimo. Lo tuyo es exagerado pero muchísimas gracias por tus palabras. Son muy bienvenidas por mi parte.
EliminarUn abrazo, amigo.
Sabes perfectamente que no exagero, eres un magnifico escritor y no me cansaré de decirlo (aunque te sonrojes), y este relato en particular es una obra maestra, me encantó el primer día que lo leí y me ha enamorado esta última vez. ¡Maravilloso!
EliminarHe quedado atrapada en tu relato. Palabras con olor y color, de verdad que...quiero MÁS, que pasa? que sigue? las imágenes son de un gran gusto por la belleza, pero que creo que supera tu historia tal y como la cuentas. Un abrazo sr. escritor!
ResponderEliminarMuchas gracias, Olga, nuestra pintora e ilustradora particular.
EliminarUn abrazo muy fuerte.
No sabes lo que disfruté leyendo tu relato con el sonido del mar. No me aguanté y lo leí en la playa. El video que me encanta y las imágenes acompañaban perfectamente la historia. Me quedé con la fragancia de las flores y el sentimiento de amor hacia esa mujer. Qué bonito es recordar ese amor a primera vista. Esa sensación que te hace olvidar del mundo, y solo te importa mirar perdido en el tiempo, a la persona que te deslumbró. Espero ansiosa la continuación. Era inevitable decir solo cosas bonitas. Un besote, hermoso trabajo. Olvidaba decir que recordaba este texto, muy agradecida que me lo hayas mandado en un día que no me sentía bien. ★
ResponderEliminarPues para no sentirte bien tienes muchas bonitas palabras para todo el mundo, como siempre. En esta ocasión yo soy el objeto de ellas y te lo agradezco muchísimo.
EliminarEs verdad que el romanticismo de otros tiempos se ha perdido un poco pero el amor es siempre el amor, sea en la época que sea.
Me alegro de haberte despejado un poco en tu no buen día.
Un abrazo muy fuerte y ya tienes la segunda parte publicada.
Ya estoy deseando la continuación. De momento, muy bien dosificado el misterio.
ResponderEliminarUn abrazo.
Muchas gracias, Isabel. Eres muy amable por tus palabras. Ya tienes la continuación.
EliminarUn abrazo.
Este relato siempre me ha parecido de lo mejor que has escrito y si encima lo adornas con esta puesta en escena... qué te voy a decir que no te haya dicho ya.
ResponderEliminarQue me ha encantado, que las imágenes y la música que has elegido me parecen perfectas y no hacen más que resaltar la hermosa historia de amor que nos cuentas y nos describes tan bien.
Y para terminar, solo decirte una cosa al oido. ( sigue escribiendo, que lo haces muy bien).
Un beso y un fuerte abrazo SEÑOR ESCRITOR.
Enhorabuena!!!!
Pd- Yo había dejado un comentario esta mediodía... pero ahora no lo veo. Si por lo que sea, aparece, tendrás dos comentarios míos.
De juntaletras a juntaletras: MUCHAS GRACIAS, tesoro. Me gusta escribir pero no voy a hacerlo en plan profesional, por supuesto, pero sí como hobby y mientras me guste que eso será eterno.
EliminarUn abrazo.
Muchas gracias. Besos. Ch
Para empezar: Me parece muy buena trama, una buena idea y una buena ambientación que consiguen un alto grado de intriga e interés.
ResponderEliminarPeeeero... Te voy a dar mi opinión en cuanto a la forma escogida, que creo que le resta fuerza o rotundidad. Creo que hay algo de exceso: en las frases sobran detalles que les hace perder contundencia. La descripción de la mujer tb resulta excesiva, tanto que no parece una persona real de carne y hueso, no se puede ser tan perfecta.
Y el galanteo entre los jóvenes (igual que el inmediato enamoramiento) sugiere otra época. Esto no me parece para nada negativo, pero creo que habría que remarcar otros detalles con tintes antiguos. Todo el jardín, el estudiante pobre, la pensión... tienen un aire nostálgico y antiguo que me encanta. Así todo quedaría en consonancia.
Te voy a dar un ejemplo de lo que creo que habría que depurar para que ganara intensidad la narración. Repito que es solo mi opinión, tómala o déjala según si te sirve o no ;-)
"Era mi primera salida del hogar maternal, así que me encontraba dubitativo, extrañado y descolocado".
Yo lo dejaría en: Era mi primera salida del hogar y me encontraba bastante descolocado.
"La pensión en sí era... (Buena baza para ambientarnos). Por lo demás(,) solo había un jergón, una mugrienta librería y una silla de dudosa estabilidad, (pero de recalcada incomodidad). Había una mesa de madera recubierta de manchones, (huellas de vasos, platos, arañazos) y (con) trazos de tinta, sobre la que deposité... Yo quitaría lo que he puesto entre paréntesis.
El lenguaje poético está bien, pero hay que alternar con algunos trozos más adustos para crear contraste y un entorno más oscuro. Es como con la belleza, un rostro resulta a menudo más interesante cuando tiene ciertas imperfecciones o defectos.
Por lo demás... Leeré el desenlace con interés.
Muchísimas gracias. Y, por supuesto, tomo nota. En cuanto a la época la ambientación que quería sugerir era de finales del siglo XIX con un señorito de provincias.
EliminarAsí que me alegro mucho de que te haya interesado y los halagos y críticas positivas que me has regalado.
Gracias, Morgan.
Me pondré a ello mañana. Hoy ya casi cierro.
Un abrazo.