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martes, 15 de abril de 2014

EL SECRETO DEL HUEVO DE ORO XV, de Ricardo Corazón de León

Esta historia de ciencia ficción, aventura, acción y suspense continúa aquí y empezó acá aunque este fragmento sea absolutamente independiente del resto. Espero que reconozcáis la temática.

(Pintura hiper-realista del pintor contemporáneo Barry Ross Smith)



(Música compuesta por Jaime Barkin en exclusiva para esta novela)


Recordó Robert cómo una vez en un viaje interplanetario tuvo que dejar en manos de un investigador privado la resolución de un conflicto. En la astronave viajaban Rufus Sinclair, un científico y octogenario sabio, que iba a dar una conferencia en Europa, al mismo tiempo que yo y en el mismo sitio.

Pronto averigüé que su conferencia y la mía eran idénticas y que él se había aprovechado de mi idea para copiarla y hacerla suya, añadiéndola al largo historial de logros que ya tenía a lo largo de su carrera. Yo sostenía lo mismo pero a la inversa, la autoría era mía y él era el usurpador.

Como estábamos en una astronave y el tema matemático era de mucha importancia para la cumbre que se iba a celebrar en Europa, fue puesto en conocimiento del capitán este problema. El capitán obtuvo las mismas versiones de cada uno de nosotros. Luego interrogó a los robots asistentes de ambos, al mío y al de Sinclair que avalaron instantáneamente las teorías expresadas por sus dueños. Cada uno afirmaba que su dueño era el autor.

El problema era macanudo, así que llamaron a uno de los mejores investigadores privados que, precisamente era amigo del capitán. Este le explicó el asunto y le pidió que resolviera la cuestión desde la Tierra antes de posarse en ella, pues si no el maremágnum que se iba a organizar a su llegada sería grandioso.

Ernest, el investigador privado solicitó entrevistarse con mi ayudante-robot en primer lugar y le sometió a un interrogatorio en el cual mi robot manifestó que debido a la Primera Ley de la Robótica de Asimov, no consideraba que el prestigio y la reputación de su amo fueran equiparables a una lesión o herida o a hacer daño a un ser humano, pero reconocía que entre un humano cualquiera y yo, siempre se decantaría por mí y acataría lo que él dijese, incluso llegando a mentir. Ernest le manifestó que yo era joven, treinta y siete años, tan sólo, mientras que el Profesor Sinclair era un anciano que había hecho mucho bien por sus teorías matemáticas a la humanidad. Le señaló que yo, por mi juventud, me recuperaría pronto de esta afrenta que se entendería en mi afán de juventud loco y de desear investigar con más ahínco, mientras que el profesor Sinclair vería puesto en peligro todo su prestigio y su fama y pondría en tela de juicio todas sus anteriores teorías y esto representaría un gran dolor-trauma para el doctor Sinclair. Mi robot después de haber oído las manifestaciones de Ernest, señaló sin ninguna duda que yo era el que había copiado al doctor Rufus su teoría.

(Imagen obtenida en google)

El comandante le dio las gracias por haber puesto fin al conflicto, pero Ernest no le dejó decir nada todavía a los contendientes, sin que antes hablase con el ayudante-robot del doctor Sinclair. Le hizo el mismo interrogatorio que al mío y se manifestó de igual forma que mi robot. Sin embargo, en cuanto al planteamiento, fue distintamente propuesto. Le hizo ver cómo para el doctor Rufus no significaba nada importante que reconociese haberse apropiado de una idea que le había presentado Robert, porque su carrera ya era suficientemente brillante y estaba jalonada de éxitos; sin embargo, en mi carrera la usurpación o copia de una idea supondría el total rechazo por todos los compañeros suyos y de Rufus, el fin de mi carrera matemática que de ese modo echaba por la borda todo un futuro prometedor. Por lo tanto esto representaría para mí un gran dolor-trauma del que nunca me repondría.

El robot del profesor Sinclair, después de oír este planteamiento, se dispuso a decir algo, pero no lo logró quedando cortocircuitado en ese preciso instante.

De este modo, para Ernest quedaba claro que el autor verdadero de la teoría que iba a exponerse era yo y que Sinclair simplemente se había apropiado de mi idea, cuando se la fui a enseñar para consultársela.

El comandante que no salía de su asombro le preguntó a Ernest cómo había podido deducir eso de la conversación con los robots y Ernest le explicó que en ambos robots por encima de todo prevalecía la Primera Ley: No hacer daño a ningún ser humano o que por su inacción pudiera causársele algún daño. Pero también existía la Segunda Ley de la Robótica: Obedecer siempre las órdenes de un ser humano, salvo que éstas estén en conflicto con la primera Ley.

(Imagen encontrada en google)

Su amigo, el capitán de la astronave, le recordó que el robot de Robert había confesado que había mentido y no al contrario, y Ernest, le señaló que precisamente el desarreglo y cortocircuito del segundo robot y la mentira del primero se entendían de forma clara, puesto que ambos protegían la Primera Ley, mi robot en el momento en que Ernest le puso de manifiesto el terrible dolor-trauma que Sinclair sufriría si mantenía su declaración, la cambió de inmediato, manteniendo así intacta la Primera Ley, no haciendo daño al viejo profesor. Sin embargo, el robot del doctor, al ser consciente del muchísimo dolor-trauma que se me producía a mí si mantenía su declaración, se vio cortocircuitado porque se puso en funcionamiento al mismo tiempo la orden tajante que le había dado su propietario, el viejo Sinclair, mentir a toda costa y declarar que la teoría era de Rufus, por lo que quedó demostrado y así lo confesó Rufus Sinclair que su teoría no era tal, sino solo una leve apropiación con el objeto de mantener aún más alto su meteórica carrera.

Siempre le estaré agradecido al comandante y a ese investigador Ernest a quien no conozco aún en persona.

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La historia continúa aquí

domingo, 6 de abril de 2014

EL SECRETO DEL HUEVO DE ORO XIV, de Ricardo Corazón de León.

La historia comienza cuando se descubre el gran Huevo de Oro enterrado a miles de metros de profundidad en el polo sur. Y dentro de él una pareja, un hombre y una mujer, de hace más de novecientos mil años; por lo tanto, serían nuestros verdaderos antepasados y no descenderíamos del mono. ¿Están vivos o muertos? Esta ficción viene de aquí y empezó acá. 



(Foto encontrada en Google)


Magnus sabía que era necesario para que todo marchase que ellos comprendieran a Joyce, no solo la Traductora que Kristian le hacía llegar en privado.

Fue a hablar con él y le preguntó por qué no podía instalar un idioma más para transmitir en el de Joyce. Su respuesta fue difícil de seguir pero vino a decir que era casi imposible sin volver a reordenar a Kris entero, lo cual llevaría semanas.

─¿Por qué no quitas uno de los dieciocho idiomas y lo sustituyes por el de ella? ─preguntó Magnus.

─¿Pretendes que yo unilateralmente decida suprimir una de las representaciones estatales? ¡Ni hablar! Reuníos, habladlo, votadlo y luego me lo contáis…

─¿De dónde procedía Fiodor Vlaskov? ─ indagó Magnus.

─De Sudáfrica, concretamente de Johannesburgo ¿Por qué?

─¿Y qué hablaba? ─susurró, invocando interiormente que no fuera el inglés porque entonces no tendrían ningún otro canal.

─Afrikaans ─respondió Kristian, que mientras lo pronunciaba se le iluminaba la cara de alegría, añadiendo─ y era el único que lo hablaba, por lo que podemos quitar ese canal y sustituimos ese idioma por el de Joyce.

Ambos palmeaban como niños pequeños. Antes de irse, Kristian le entregó un auricular-transmisor y un mando para que se lo pusiera a ella, totalmente distinto al que se había llevado la primera vez.  El otro que se había llevado solo servía en una conversación de uno en uno y en el idioma de Magnus. Se dieron la mano como habían visto hacer en las películas antiguas, entrechocando las palmas de la derecha en alto y luego cerrando el puño y con el pulgar hacia arriba. Tantas horas juntos y tanto trabajo satisfactorio les habían convertido en amigos.

Se dirigió inmediatamente a la Sala de Enfermería y al llegar le apartó una onda pequeña que le cubría la oreja y le introdujo el auricular como una almendra. Sus orejas le parecieron pequeñas flores que se abrían para él, tan perfiladas, tan jóvenes, tan redondeadas… y él se quedó con el mando.

De este modo los sabios, él y, sobre todo, Joyce podía ser escuchada por todos. Ella había hecho intención de separarse cuando se lo introdujo en la oreja pero luego confió en él y se dejó hacer. Ahora Magnus le hablaba dulcemente,
(Imagen obtenida en Google)









─Somos amigos, somos tus amigos ─Joyce abrió esos inmensos ojos azules de color ahora casi violeta y sonrió abiertamente. Era la primera vez que la habían visto sonreír y se hizo un silencio generalizado, de admiración. Ella aún no entendía o no parecía comprender lo turbadora que resultaba para todos nosotros, para todos los hombres de este mundo y muchas mujeres. Ignoraba inconscientemente los deseos inflamados y ardorosos que despertaba a su paso. Inocente como una niña. Magnus sacudió la cabeza y se obligó a proseguir porque aquella sonrisa, como a todos, le había dejado noqueado.

─No vamos a hacerte daño. Estás con amigos y lo único que queremos es que seas feliz. Te proporcionaremos todo lo que necesites para que te encuentres cómoda. Te contaremos cómo te hemos encontrado y lo que ha sucedido para que lo hiciéramos. Pero, antes de todo, mi nombre es Magnus ─ y se tocó el pecho.

            ─Joyce─ y señaló su pecho. ─Magnus ─y señaló el pecho de él─ y Joyce─, repitió.

Joyce sonrió y preguntó con una clara voz musical

─En el bunker estábamos dos personas. ─ Magnus asintió.

─Él es Plinio. ¿Está vivo?

─Está congelado como tú estabas, no le hemos reanimado todavía.

─¿Los otros búnkeres menores han resistido? ─ me encogí de hombros, sin saber qué responder.

Richard me sacó del apuro, ─No hemos encontrado a nadie vivo salvo a ti. El otro hombre que estaba contigo sigue sin reanimar, está igual que cuando te encontramos a ti. No sabemos de los búnkeres que nos dices, solo hemos encontrado el tuyo.

─¿Cuánto tiempo he estado durmiendo? ─ preguntó interesada y preocupada, mirando a su alrededor y no reconociendo nada de cuanto había allí.

─¿Días, semanas, meses…? ─inquirió alarmada. Su cara estaba en tensión.

Nadie osaba responderle. ¿Cómo le dices a una persona que lleva 900.000 años durmiendo? ¿Cómo le haces saber con dulzura que nada de lo que hubo perdura, ni siquiera el polvo de lo que estuviera construido su mundo? Cuando Magnus fue a responder, Richard se tapó el micrófono para que no pudiera ser escuchado por Joyce y le advirtió de los posibles peligros que representaba decirle de golpe el verdadero tiempo que había transcurrido. Magnus de igual modo, repuso que era mejor a veces, en psicología, una verdad terrible que una mentira constante por mucho shock que suponga. Así que decidido le contestó


─ ¡900.000 años!
(Imagen procedente de Google)

Ella abrió desmesuradamente los ojos y cuando comprendió, chilló, chilló como si un cuchillo le perforase el corazón. ─No, no, ¡NO!

─¿Egon? ¿Egon…? ─y sin esperar respuesta alguna salió gritando y llorando de la Sala de enfermería dándole a Richard un empujón que le tiró en el suelo, recibiendo un fuerte golpe en el brazo Robert que intentó acogerla y abriéndose a codazos entre los que intentaban sujetarla.

Arthur la sujetó por los brazos y recibió de ella un puñetazo en la cara que hizo que la soltase, llevándose las manos a la nariz partida. También estaban los paparazzi pero a ella no le importaban, siguió aullando y corriendo, apartándoles con una fuerza endiablada, hacia la salida, que en ese momento justo se abría para dejar entrar un frost-truck o camión para la nieve. Ella salió al frío polar, a la tormenta que soplaba a más de 200 kilómetros por hora, a los copos tan rígidos como granizo y opuso resistencia pero el aire la zarandeaba en ese ambiente hostil y gélido y después de intentar gritar sin éxito, cayó desmayada.

Mientras los hombres la levantaban, la abrigaban y la llevaban a la enfermería, la Traductora Universal señalaba que al no coincidir con ningún vocablo o palabra de todas las conocidas en ese idioma, entendía que era un nombre propio, posiblemente masculino.

Mientras la masajeaban y friccionaban para que entrase en calor, Geraldine habló

─Ese Egon debe ser de quien está enamorada. Y es comprensible el shock que ha sufrido ─mirando alternativamente a Richard y a Magnus ─porque para ella solo había pasado un día, ni siquiera eso, le acababa de dejar, era su amado y estaba vivo y ahora, ahora… habían transcurrido ¡900.000 años! Lo que supone la absoluta pérdida de la persona amada.

Magnus con cara de arrepentimiento se volvió y se marchó.

(Imagen encontrada en Google)


Cuando volvió en sí, el shock había pasado, en apariencia. No le quedó ninguna secuela de la congelación o alguna pulmonía o resfriado. Nada absolutamente. Es como si fuera inmune a todas las enfermedades, lo que les daba a los científicos otra razón más para investigar. De su Egon, de él, su amor imposible, su amor desesperado, no volvió a hablar. Pero la firme determinación de su semblante, el apagado fulgor de sus ojos, la indiferencia hacia todos y todo, la condena… a la que se veía sometida toda su vida no dejaba de hacerse visible, sobre todo para mí.

Quiso saber cómo había sido encontrada y lo sucedido, la crónica pero al ir a leérsela, denegó con la mano y dijo

─Magnus, quiero a Magnus.

Así que fueron a buscarle, a pesar de que le habían prohibido que volviera a tratarla después de lo ocurrido. Para Joyce era su único amigo, el que le había dicho siempre la verdad, la cara que vio al despertar y el que la acompañaba día y noche. Faltándole motivos para seguir viviendo y no teniendo nada que le uniera a este mundo, si querían algo tendría que ser a través de Magnus, pues sin él se veía impotente y frágil.

Magnus acudió y comenzó a leerle el informe pero en un momento dado lo dejó y él mismo se lo fue contando, a solas ellos dos, como había pedido. Luego entraron todos los demás científicos, que estaban detrás del muro transparente y empezaron a preguntarle. Primero la edad, quién era, en qué trabajaba, cómo funcionaba la máquina de comida, cómo funcionaba la de los vestidos…

Magnus tenía el mando para filtrar las preguntas que se le hicieran pero todos las hicieron a la vez, así que tuvo que desconectarlo para que Joyce no se volviera loca y hacerles comprender que a ella no le llegaban las preguntas por separado sino todas entraban en la Traductora y salían a la vez. Así que de nuevo tuvo que imponer las reglas más elementales de comportamiento con una extranjera.

Por orden, fue respondiendo a todas sus preguntas. Geraldine se acercó y le preguntó que dónde estaba su país, y dónde el otro que les había atacado. Para ello le dio un globo terráqueo que estaba apoyado en la mesa de escribir. Ella al principio, parecía no reconocerlo y se quedó pensativa, pero tras darle varias vueltas y hacerlo girar lo puso en posición absolutamente vertical con respecto al sol, sin ángulo de inclinación ninguno.

Robert Graves aplaudió porque esa era precisamente su teoría y se la habían rebatido en todos lados. Ahora por fin, tenía un testigo, alguien para verificar sus teoremas.


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miércoles, 26 de marzo de 2014

EL SECRETO DEL HUEVO DE ORO XIII, de Ricardo Corazón de León

Esta historia tiene cada vez más adeptos y me siento orgulloso y sorprendido porque contar una novela por fragmentos y tener seguidores hasta el final era algo para mí impensable. De todo corazón quiero daros las gracias por estar ahí y opinar o solo leer. Esta historia viene de aquí aunque empezó acá.


(Pintura de Willi Kissmer)


(Música de Jaime Barkin)
Como no era de extrañar la noticia de la alimentación universal y del vestido infinito llegó a todos los hogares del mundo en el tiempo de abrir los ojos. Cada uno hizo de sus sueños una realidad y se vio vestida o alimentado con aquello que tanto deseaban. Los gordos se vieron flacos y viceversa, los pobres imaginaron llevar ropas de reyes y las adolescentes se ocupaban diseñando lo que serían sus abarrotados armarios futuros.

Victoria Didier desechó definitivamente la idea del Maligno, del Averno y las criaturas Satánicas y abrazó con ilusión las esperanzas de que aquellas máquinas existiesen en un futuro muy cercano para hacer de ella la que siempre quiso ser.

─Seguro que tendrán una máquina para cambiar de aspecto y transformarte la cara o el pelo si lo deseas. Ya aparecerá, verás─ le decía a Margot y a los dos hombres de su familia, los cuatro pegados a las noticias.

El tema de conversación se hizo monotemático: ¡alimentos y ropa no ensuciable! Las alarmas no se hicieron esperar. Tampoco esto representaba un buen augurio para las fábricas textiles, fuera cual fuese su lugar en la cadena de producción. Si las personas no tenían que pagar nada para tener todas telas que deseasen y con los colores que quisiesen y éstas jamás se ensuciasen, ni deteriorasen, siendo además adaptables y transformables… ¿Qué futuro les esperaba a las fábricas de telas, tintados, costura y venta de vestidos y trajes? Sin olvidar, que las fábricas químicas y las textiles eran en gran medida suministradas por los componentes del petróleo.

Suponía un gran adelanto para la Humanidad pero los ricos dejarían de ser ricos y los pobres también. Eso no les gustaba a algunos que lo tenían todo controlado en sus manos. El dinero y el poder. Suponía un peligro y con cada nuevo descubrimiento más sectores económicos se veían amenazados.

Quizás el tema dosificado en cuanto a la información transmitida produjera menos ímpetu en aquellos a los que perjudicaba pero eran muchos más aquellos a los que beneficiaba y, fundamentalmente a la madre Tierra.

Era demasiados conocimientos para absorber de golpe. ¿Las tierras no tendrían que ser holladas para producir comida? ¿No se sacrificarían más animales para alimentarnos? ¿Cómo solucionaban nuestros primeros moradores el problema del exceso de animales domésticos o para comer o en el mar?

Infinidad de preguntas se planteaban nuestros sabios y científicos y los estadistas e investigadores en cada país y en cada sector político, gubernamental y económico se debatía, aunque todavía nada de esto era posible, pues sólo existía una máquina de tela y otra de comida, pero era muy posible que mediante los conocimientos que faltaban, cada persona pudiese tener una a su alcance.

(Pintura de Ken Hong Leung                                      

La sala de enfermería-quirófano de Ibiza Dos había sido ocupada por los científicos que intentaban saber y averiguar para qué servían los objetos extraños que habían encontrado en las estanterías dentro del globo, que se habían abierto automáticamente, una vez desprendido el cuerpo de su sitio. En la misma camilla que la reanimaron estaba extendido el equipaje de la mujer, con lo que había viajado.

De este modo le pudieron proporcionar a Kristian lo que consideraron que podía ayudarle en el conocimiento del idioma pero seguían investigando el resto.

El resto de los objetos encontrados hacían las delicias de los investigadores. Se encontraban aún encima de la camilla aquéllos que no habían podido examinarse aún. No sabían por cuál seguir. Todos eran interesantes. Richard cogió uno constituido por dos círculos de muy distintos tamaños de oro puro unidos por un brazo fino, no muy grande. Más o menos del ancho de su muñeca y al ir a comprobarlo, notó un click y el círculo más grande se abrió, introduciéndolo en su muñeca a la que se adaptó como un guante. Por el otro aro introdujo su dedo anular, en la mano derecha y se rió alzando la mano y enseñándoselo al resto de científicos. Había encontrado una joya. Todos batían palmas. Bajó la mano para quitarse esa especie de guantelete y cuando flexionó los dedos salió del extremo del anillo un haz de luz rojo intenso y la cabeza de Fiodor Vlaskov voló por los aires estrellándose contra el techo y rebotando contra la pared de enfrente, mientras que el cuerpo de éste se deslizaba empujado por una fuerza inmensa hasta impactar en la pared y caer al suelo.

(Fotografías encontradas en google)

Las paredes y el techo blancos se tiñeron de rojo. Todos estaban salpicados y llenos de sangre y trozos de seso y de la cabeza de Fiodor. Aterrorizados no podían reaccionar. Estaban petrificados con los ojos fijos en el arma que llevaba Richard en su mano todavía. El silencio se hizo palpable. Richard no se atrevía a moverse. Bajó su mano derecha y la puso pegada a su pierna. Estaba terriblemente impresionado y temblaba tanto que no podía siquiera intentar despojarse de esa bomba que llevaba en su mano. Era un shock, un terrible impacto que borró la sonrisa de todos y los congeló en un truculento rictus. Magnus dio la orden de salir mientras que Robert y Edwina ayudaron a Richard a quitarse la fatídica arma de su mano sin que se produjera ningún otro accidente y todos salieron de aquella siniestra sala.

Solo se quedaron Magnus, Geraldine y Robert recogiendo los instrumentos que ya estaban inventariados y guardándolos bajo doble llave, todos en silencio, sin nada que decir, mudos de la sorpresa. Abandonamos la sala para que procedieran a recoger los restos del que fue Fiodor Vlaskov, ingeniero jefe de Cristalografía y Mineralogía y que, por suerte, era soltero y no tenía hijos. Sus padres también habían muerto, así que sólo nosotros, sus amigos y compañeros, éramos su familia. Fue muy triste perder a un compañero. Ya era el segundo y nos sentíamos solos. Perder en cuestión de segundos a personas tan próximas nos hacía unirnos más, pero se acentuaba la sensación de vulnerabilidad y de soledad.

Los encargados de sus restos dijeron que sus huesos estaban pulverizados, se habían hecho polvo, como si sólo los contuviese el envoltorio de la piel para que no se desparramaran.

Los funerales privados y sin publicidad se prepararon para el día siguiente y se guardó un día de luto por su muerte. Su cuerpo fue repatriado a Johanesburgo (Sudáfrica), de donde era y vivía.

Todos estábamos muy impresionados y decidimos no comunicar nada a la prensa de este accidente y dejar por un tiempo de investigar esos objetos hasta saber algo más de ellos. Richard se sentía muy mal, en dos semanas por su culpa habían muerto dos personas, se consideraba un asesino, él que no había cazado ni pescado, ni siquiera pisado una cucaracha o matado una mosca. Su humor ya no se sostenía y necesitó totalmente de su dosis de optimismo para intentar levantar el ánimo. Yo debí atenderle pero estaba completamente dedicado a Joyce por lo que lo dejé en manos de Rocco, el robot-psicólogo que además tenía la capacidad de leer las mentes.


                                                           *********

lunes, 17 de marzo de 2014

EL SECRETO DEL HUEVO DE ORO XII, de Ricardo Corazón de León

Un nuevo fragmento de esta apasionante novela en la que acaban de... bueno, será mejor que lo leáis por vosotros mismos. Esta proviene de aquí.









(Pintura de Patricie Murciano) 

(Love me de Secret Garden)
Las horas siguientes fueron interminables, los técnicos, Kristian y Magnus no dormían, no paraban de trabajar, sin comer ni beber. Magnus subía y bajaba, yendo de la sala de la Traductora a la base exterior donde se encontraba Joyce. Le quedaban pocas fuerzas para seguir viva y Magnus azuzaba una y otra vez a todos los colaboradores de Kristian y a este mismo. No servía de nada pero le dejaban hacer.
No dormía nadie, las manos no eran suficientes y sin parar se introdujeron todos los datos conocidos, confirmándose en primer lugar que se trataban de dos idiomas diferentes para hombres y mujeres, también incidía en la escritura la edad, el tiempo o época por la que estaban pasando en aquel momento y una confusa multitud de complejidades más.
El siguiente día memorable se produjo sesenta horas después, cuando Kristian anunció que Kris y sus decenas de ordenadores conectados habían culminado el proceso de traducción y un nuevo lenguaje fue añadido a sus dieciocho. La frase que Joyce repetía sin cesar era “comida de colores”, “comida de colores”
El público aplaudió, saltó y gritó acaloradamente, celebrándolo de nuevo.
Solo Magnus después de haber cogido un transmisor-receptor, se abalanzó sobre la puerta de la enfermería donde se encontraba Joyce, atada y con la vía metiéndole el alimento y la mirada perdida. Desenchufó todos los aparatos, le quitó la alimentación en vena, la desató y cogió el abrigo de astracán que llevaba y se lo puso a ella, que no podía moverse de pura debilidad. La cogió en brazos y evitando encontrarse con nadie, la bajó a Ibiza Dos, a la enfermería donde se hallaban sus cosas, su equipaje y que era lo que tendrían que haber hecho desde el principio. Le colocó el auricular en forma de almendra en la oreja. Ella quiso librarse pero no tenía fuerzas para rechazar lo que suponía otra tortura más.
Entonces Magnus le habló.
          ─Somos amigos, Joyce, somos tus amigos ─y ella al reconocer su propio idioma pareció sorprendida, abriendo un poco los ojos pero luego volvió a cerrarlos ante el cansancio.
              ─Dormir, solo quiero dormir ─decía ella.
            ─Solo una cosa más antes de dormir. Te lo aseguro ─decía Marcus─. Solo fíjate en tus cosas y señala la comida de colores cuando la encuentres.
Joyce al ver sus cosas pareció reaccionar pero estaba demasiado débil como para hablar. Fui paseándola en brazos, por delante de los objetos alineados hasta que señaló uno determinado.
Los demás científicos y médicos siguieron a Marcus intrigados, aunque solo se permitió el paso al equipo médico y a Richard que declaró estarse tan quieto y silencioso como si se tratara de un mosquito. Todos sudábamos copiosamente, ya que en seguida que entró ella aumentaron la temperatura para que no tuviese frío.









(Imagen obtenida de google)
El objeto por ella señalado era como un cilindro del tamaño de un antiguo y desfasado CD y de unos diez centímetros de alto. Estaba bordeado de luces de colores, de todos los que contenía el arco iris y en la parte de abajo un pequeño botón como si fuera una cafetera de las de vapor. Ella me indicaba, más cerca de la muerte que de la vida y yo le acercaba la mano para tocar con su dedo índice un color tras otro, cuando terminó señaló el botón que estaba en el soporte abajo y yo lo apreté por ella. Inmediatamente se alzó una bandeja de oro circular con pequeñas esferas de los colores que ella había tocado e intentó introducirlos en su boca, pero no tenía fuerzas. Tuve que ayudarla a abrir la boca y le puse una esferula dentro. No masticó, por lo que dedujimos que se había diluido en el interior de su boca, al ver subir y bajar su garganta. Yo seguí dándoselos lentamente y ella sin masticar lo tragaba. Hasta que por sí misma los cogía y se los llevaba a la boca.
La deposité en la camilla para que pudiera seguir alimentándose y en cuestión de minutos la cámara de televisión recogía cómo Joyce por sí misma consumía una tras otra esas esferas y cómo lentamente su tez tenía otro color. Los profundos surcos negros de sus ojos habían desaparecido y se empezaban a rellenar los huecos de los pómulos y sus labios volvieron a ser carnosos y rosas como cuando la revivimos. Su pelo también adquirió consistencia y brillo, sedoso y suave. Ella no paró de alimentarse, con pausas y despacio, bebiendo agua cada poco, durante una hora. En ese tiempo renació Joyce como un melocotón a punto de ser saboreado. Se presentaba tan bella y suave, tan bien formada y con su suave color otra vez. Sus pechos aumentaron y se les veía turgentes, sus brazos y piernas se rellenaron y sus costillas fueron cubiertas por la carne que le faltaba. Toda ella volvió a quedar como recién despertada. Y la felicidad de nuevo reinó en todos los hogares y en la base.
(Pintura a lápices de color de Rebecca Blair)
Los científicos querían saber cómo era posible ese súbito cambio, pues era evidente que se trataba no solo de comida sino de un regenerador completo. Algo así como el suero universal. Los efectos producidos estaban a la vista. No solo se había alimentado, sino que toda ella se había transformado y tenía la misma fuerza y vitalidad que antes de perderla.
Los súper-ordenadores fueron desconectados de Kris y volvieron a sus antiguos oficios, comunistas, capitalistas, empresariales…
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Desde ese momento los científicos expertos en todos los campos comenzaron a investigar nuevamente los objetos que la acompañaban en su viaje. Empezando, obviamente por la “comida de colores”. Habían visto cómo ella accionaba su funcionamiento e iban a probarlo.
Le apretaban un color y aparecía en su bandeja de oro una cápsula de igual tonalidad. El primero en probarlo, pese a los recelos de los demás, fue Richard quien tomó una de esas cápsulas.
─No está mal, no tiene ningún sabor, salvo algo ligeramente dulce, tiene la textura de una gominola, sin azúcar por encima, pero cuando se aprieta contra el paladar se abre y se derrama un líquido por la boca que se traga.
Probó algunas más, intrigado y finalmente lo dejó en manos de los “linces” que se pusieron manos a la obra para averiguar, qué era lo que construía esas materias en cápsulas ─las cuales, una vez analizadas habían resultado ser simplemente albúminas, ácidos protéicos, glúcidos, lípidos, hidratos de carbono, aminoácidos, vitaminas y minerales. Todos los componentes necesarios de una dieta sana y una buena alimentación.
Desarticularon todas las piezas, una por una, para desentrañar el secreto de esa producción interminable de Maná y después de destriparlo no encontraron nada… Solo una estructura filamentosa de oro donde encajaba cada pieza quitada. ¡Vacío! ¡No había nada! Ningún invento o artefacto microscópico que diera con la solución de los problemas del hambre en el mundo…  No había lugar para ninguna materia prima ni en polvo, ni en líquido y tampoco motor que la hiciese funcionar en apariencia. Volvieron a montarlo, desilusionados y pensando que podía no funcionar ahora, pero, inexplicablemente siguió expulsando cápsulas alimenticias, tantas como le solicitaban.
Para ellos era un gran enigma que tenían que resolver porque eso les llevaría a solucionar el problema más grande de la humanidad: el hambre. Y, pese a haberlo desmontado entero no habían averiguado nada nuevo.
Le preguntaron a Joyce, a través del único idioma que estaba conectado su transmisor y solo de uno en uno, lo que lo hacía muy dificultoso, qué método producía o creaba los alimentos y qué ocurría cuando se acababan los alimentos pero ella no sabía nada de la forma de producción y no entendía la palabra terminar
─Siempre hay comida en “comida de colores”, siempre ─sentenció.
─Pero ¿con qué funciona? ¿Qué la hace funcionar? ¿Cuál es su fuente de alimentación? ─preguntó Richard.
Ella hizo un gesto señalándole a él, a ella misma, comprendiendo el exterior y dijo ─Tu energía, el Todo, mi energía, la energía que está en todas partes. La Energía Universal.
─¿Y cómo se transforma esa energía para hacer que funcione la máquina? ─insistía Richard.
─Coban sabe. Él es sabio, lo sabe todo.
El resto de cuerpos extraños hallados junto al dispensador también fueron objeto de estudio. Uno de ellos, que había cogido Joyce, y que parecía un estuche de maquillaje con todos sus colores, proporcionaba en una bandeja cuadrados de colores, texturas, formas y tamaños diferentes. El que Joyce había escogido esa vez era un cuadrado de tela que en sus manos, de forma inexplicable, se convirtió en un mono ceñido a cada curva de su cuerpo de color dorado, media manga y media pierna con escote ceñido al cuello, que moldeaba perfectamente su silueta y hacía resaltar toda su femineidad.
Lo más sorprendente es que ella pareciera no notarlo nunca. Cada paso, cada movimiento, cada gesto despertaba sensaciones olvidadas, lujurias y sentimientos perplejos. Era admirada y deseada por todos los que la rodeaban pero ella no era consciente de ello en ningún momento por más que fuera evidente para los demás. Esa actitud todavía la hacía aún más deseable. Su extraña inocencia.





















(Pintura hiper-realista de Willi Kissmer)
La tela de la que estaba compuesto este conjunto no era conocida en la Tierra, parecía una tela o un papel pero no era ninguna de esas dos cosas. Joyce no conocía tampoco su nombre ni cómo se hacía. ─Creo que con las preguntas que le hacíamos cada vez nos consideraba más necios, y yo empezaba a darle la razón. La diferencia abismal entre su civilización y la nuestra no era comprensible para una mente de su época y tampoco la suya para nosotros. Lo único en que la aventajábamos es que nosotros sabíamos, por ella, que podíamos alcanzar ese nivel y nos pondríamos rápidamente a ello, mientras que para ella los milenios transcurridos de tecnología y adelantos en su mundo, le hacían incapaz de comprender preguntas y procesos simples de planteamiento que para ella eran solo objetos para su uso.
Le pidieron que sacara otro traje para poderlo examinar y retuvieron cómo se hacía para obtenerlo. En la bandeja se depositó una tela sutil como la seda o incluso la gasa de color verde esmeralda jaspeado con marrones y azules como si fuera la cola de un pavo real.
Con la tela entre sus manos y el “guardarropía” se fueron a investigar y comprobaron que aquella tela era ignífuga, impermeable e irrompible. No se podía quemar con fuego, ni con ácidos, ni corrosivos, ni ensuciar con ningún tipo de sustancia. Estaban como niños, emocionados, a aquellos viejos calvorotas y pensadores les brillaban los ojos pensando las maravillas que podrían hacerse para todos los desarrapados y para evitar la contaminación de ríos, mares y océanos por el vertido de cantidades industriales de detergentes para lavar la ropa. La cantidad de animales que no serían matados para lucir sus pieles.
Tuvo que mostrarles varias formas de hacer vestidos pues ellos no sabían cómo ponérselos y ella les enseñó sobre el cuerpo de una técnica, que estaba entrada en carnes, y vieron cómo la misma tela que acababa de usar ella, en rojo sangre y que iba anudada a su cadera, servía para vestir a la señora.
Se sintieron felices finalmente cuando vieron que la tela que había parecido solo una tela, un cuadrado plegado de ella, en el momento en que se adaptaba a un cuerpo, lo vestía con indiferencia del volumen de la persona sobre la que se pusiera pues siempre parecía adaptarse con la misma facilidad… ¡La tela crecía o menguaba según las necesidades…! ¡Era un milagro!

(Pintura hiper-realista de Willi Kissmer)

Y no solo había multitud de formas, colores y estampados, sino que las telas también eran de diferente composición, haciendo parecerse a las múltiples que existían en la tierra, pero todas con las propiedades mayúsculas de la primera. Adaptables e indestructibles y no susceptibles de ser ensuciadas. Los científicos no se daban cuenta de las consecuencias enormes de lo encontrado y de su utilización. Ellos sólo querían saber cómo se hacían esas telas y qué composición tenían que las hacía tan perfectas.
Pronto comprobaron que en verdad era un milagro cuando después de destripar otra vez la máquina de crear ropa encontraron el mismo resultado que en la anterior… ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Un amasijo de piezas que por sí solas no tenían razón de ser pero que una vez unidas, sin motor, sin fuente de abastecimiento o de energía, producía interminablemente telas sintéticas de todos los tipos, gustos y medidas.
Todo un reto para la investigación y para sus ingenios que les convertía en impúberes apasionados y sobreexcitados.