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sábado, 19 de julio de 2014

ARRINCONADA (2ª parte), de Ricardo Corazón de León


Aquí dejo la tan solicitada continuación de mi relato, el que se ha publicado en la Antología de relatos llamada FÁBRICA DE CUENTOS y en este enlace podéis comprarla, si queréis. Pinchad en el título y ya está. Siempre es de agradecer. 
Para aquellos que no se leyeron la primera parte, está aquí y si queréis saber de qué va la antología o quién participa, pinchad acá.


                         (Pintura de Olga Artigas, hecha ex-profeso para este cuento)






Por los carteles que veía en la carretera, cuando abandonaban los caminos de cabras que frecuentaban, supo que estaban cerca de La Romana. Antes de llegar a la pequeña ciudad, pues no era el poblado que imaginaba, se desviaron a la izquierda por un sendero casi invisible. Alcanzó a ver por el rabillo del ojo el nombre de Katanga y la flecha en la dirección por la que se habían metido. 


Dentro de un momento se haría de noche pues en este paraje cercano al ecuador, anochecía en minutos desde que el sol tocaba el horizonte y la noche se precipitaba como si tuviera prisa. Aquí no había farolas y cada vez estaba más oscuro. Si el camino era invisible, ahora ya solo se veían los grandes matorrales que el vehículo aplastaba por delante. Pararon cuando apareció una pequeña zona  redondeada, libre de vegetación,  con una acacia en un lado.


Bajaron, sacaron las lonas para extender en el suelo y Cristóbal le enseñó un camino diminuto que la llevaba hasta un río pequeño. Le dejó la linterna y se marchó. Ella aprovechó para lavarse en esa agua, tan cristalina que únicamente con el reflejo de la luna llena, permitía ver sus pies dentro del río. Se relajó, nadó displicentemente y canturreó mientras se secaba con una pequeña toalla de tocador. Había sido como un oasis en medio del desierto. Cuando ya se había vestido, el más joven de los dos que la acompañaban llegó corriendo, y cogiéndola por la mano, y tapándole la boca la tiró al suelo. Ella le miró sin comprender y él hizo un gesto para que permaneciera en silencio y echada. Mientras él se arrastró hasta el neceser de Laura y lo trajo sin el menor ruido. Oyeron voces que ella no entendió y siguieron tumbados en el suelo con las cabezas bajas. Alguien que olía a tabaco se acercó con suavidad en su dirección, pero al llegar al arbusto, se desvió para inspeccionar detenidamente el río. 


Ellos se arrastraron en perfecto silencio para impedir que les viera al darse la vuelta y se pusieron nuevamente detrás del seto. Mientras lo hacían, Laura pudo ver la espalda y el rifle del individuo. El hombre era blanco. Balbuceó unas palabras rabiosas y se dirigió hacia la acacia. 


Minutos después gritos horrísonos sonaron, carreras, palabras… Ella ardía, estaba acalorada sin ningún motivo, se ahogaba, intentaba respirar mientras los chillidos se sucedían y un tambor comenzaba a marcar un ritmo lento, pausado y vital. Su corazón se aplacó de inmediato al sonido acompasado del tambor y ya no quemaba su cuerpo, sólo sus ojos. El joven la miró estupefacto y con cierto recelo. Los ojos de Laura eran rojos, del color de la sangre, primero, y del fuego, después. No sabía lo que le ocurría pero no se atrevía a tocarla. Sabía que tenía que protegerla de los orishas pero ella misma parecía un Ogun, uno de los guerreros.


De sus ojos salieron manantiales de agua roja con vida propia. Ella permanecía acostada. Solo tenían vida esos extraños haces luminosos como volutas de humo carmesí que se alejaban de ellos en dirección al claro de la acacia. El ritmo del tambor entretanto se había incrementado, así como los latidos del corazón de Laura que nada decía, nada veía y todo comprendía.


Las nubes, los vientos rojos, llegaron hasta los individuos que habían aparecido. Ellos se callaron, la danza cesó, los extraños graznidos y los chillidos también. Solo el tambor seguía implacable marcando su ritmo. Al ver aquella neblina granate de fuego acercarse a ellos y rodearlos, intentaron huir gritando de terror, despavoridos. Pero cada uno de ellos, como si la niebla se transformara en un látigo, fue atenazado por el cuello, asfixiado lentamente hasta su muerte. Reinó un desorden en el caos de la noche que cesó tan rápido como empezó. Con el último aliento de los aparecidos también paró el tambor y las nubes y luces rojas desaparecieron, dejando a Laura inánime en el suelo. 


El anciano volvió con una expresión confusa y admirada y contempló lo que aquél gran orisha había logrado. Todos los que les habían atacado, tal como él había visto en sus visiones, lo hicieron por sorpresa, pero como Cristóbal había sido advertido, solo encontraron paja en los bultos que parecían personas. En su afán de venganza, empezaron los ritos más salvajes que había visto. Vudú negro. Mataron, después de torturarlos, retorciéndoles las patas y arrancándoles la lengua, varios gallos; bebieron su sangre, se restregaron con ella; libaron copiosamente bebedizos del oba o monarca y fumaron hierbas espirituales; el brujo era un babalao, un gran sacerdote de la santería, e invocaba a los orishas guerreros y buscaba el lugar en que se encontraban los que los habían burlado con la concha de un caracol santificado; y a la luz del fuego, los demás aleyos bailaban cada vez más rápido, hasta entrar en trance, con los ojos en blanco mientras seguían bailando.


Crístobal y su discípulo Lli-Lfá o Lucas, observaron el fenómeno de la niebla roja y todo lo que sucedió y de este modo, llegaron hasta Jorge —el más joven de los dos seguidores— y Laura, que permanecía desmayada. Atendida con paños llenos de hierbas y agua del río volvía en sí poco a poco. Cuando abrió los ojos, el anciano se postró en tierra ante ella y los otros dos le secundaron. Laura tomó las manos del viejo y le hizo levantarse. Se miraron y una nueva corriente se estableció entre ellos. Todavía estaba en peligro Odu Kwara, el gran sacerdote consagrado del vudú blanco, venido desde Haití huyendo de los seguidores del vudú negro.


Faltaba poco para llegar hasta Katanga, uno de los barrios de La Romana, con su selva al lado del río Dulce, pero antes era preciso descansar ya que tendrían que caminar a partir de ahora por senderos intrincados. El Land Rover les esperaría en el sitio acordado por Cristóbal. 


Antes de amanecer reemprendieron la marcha, siendo solo tres, Jorge, Cristóbal y Laura. Lucas se había ido con el coche. Para avanzar, iban macheteando las continuas ramas, hojas y lianas, haciendo pesado y lento el caminar. Cuando por fin alcanzaron su destino llegaron exhaustos. Encontraron a un hombre imponente, negro, de un metro, ochenta y cinco centímetros y sobre los noventa kilos de puro músculo. Él no se sorprendió de su llegada. Se levantó del suelo, al lado del río, para recibirles y hacerles entrar en su choza. Su cabaña era de madera igual que las demás aunque estaba pintada de rosa sucio. Entraron y les ofreció enseguida un botijo con agua. Laura se sentó cansada entre esas paredes y esas gentes con las que había soñado desde que llegó a la República Dominicana. Estaba segura de que el que los había recibido era Odu Kwara aunque nunca le hubiera visto la cara ya que en el sueño siempre llevaba la máscara de las conchas, semillas y caracolas. Por fin había llegado y podía advertirle del peligro que corría, pudiendo alterar el resultado de su sueño. Cristóbal hablaba precipitadamente con Odu que escuchaba con atención. Jorge le sirvió un tazón de carne guisada con verduras que devoró con hambre de quince días. Aunque le hubiera gustado repetir ese guiso exquisito no se atrevió a decir nada pues no sabía en qué idioma hablaban ni a quién tenía que pedírselo. Jorge reapareció con una taza y un calentador de agua, sirviéndole un líquido amargo y verde. Cogió un poco de azúcar y se lo tomó.


Los demás también habían comido y bebido y siguiendo a Odu cruzaron el río y se internaron a paso ligero en la selva, abriendo brecha con los machetes. Aproximadamente contó una treintena de seguidores, todos armados con lanzas y escudos. Odu Kwara que precedía la marcha, llevaba colgando una piel de serpiente enrollada a su cuello, varias pieles de animales diversos y el cinturón con los mismos objetos que le había visto en sueños. Supo que habían llegado porque se pararon y diseminaron por los árboles. Odu y Cristóbal se quedaron a su lado, encendieron un fuego, extendieron una piel de vaca y cuando todos regresaron comenzó un cántico ronco y vibrante. El fuego creció, reflejándose en los cinco collares de piedras distintas que llevaba Odu. La noche se había adueñado de la luz y solo se veían los ojos blancos de los seguidores y de sus dos sacerdotes. Entre el canto y como si hubiera sido una invocación oyeron ruidos de maleza y aparecieron los mismos cadáveres que había dejado el día anterior. 


¡No podía ser! ¡Pero si estaban muertos! No obstante, se acercaban con un andar extraño y siniestro y sus ojos estaban vacíos. Nada había en sus cuencas. Al borde del horror, Laura, de pronto, se repuso y de forma extraña, pronunció palabras que no sabía en un lenguaje antiguo y milenario que jamás había aprendido. Con seguridad y firmeza fue entonando con ellas el cántico de la batalla, que todos siguieron frenéticamente. Odu con los ojos cerrados, también cantaba y ella se movía al compás del invisible tambor. Cuando el canto se elevó los cadáveres se detuvieron, apenas unos minutos. Apareció Lucas con otros tres hombres portando un cerdo de gran tamaño que dejaron a los pies de Odu. Este le dio muerte con destreza mientras el clamor era cada vez más potente. Del cuello del cerdo manaba la sangre a borbotones. Fue recogida en una jarra de la que todos bebían y se pintaban los colores de la guerra en la cara. Laura fue la primera en beber sin abrir los ojos y a continuación cayó sentada sobre la piel, con la espalda enhiesta y los ojos abiertos, sus ascuas tiznadas… De nuevo eran color de sangre y fuego y de ellos comenzaba a salir el humo carmesí que ya conocía. Odu Kwara se sentó a su lado y abrió los ojos que permanecían volteados, completamente blancos.


El suelo se estremecía y de pronto se convirtieron en sacudidas violentas que, en oleadas, se extendían hasta llegar a los muertos andantes, que se balanceaban torpemente y caían una y otra vez, porque volvían a levantarse. En el punto álgido de los cantos y de la oscuridad, de los ojos de Laura brotó un pequeño hilo de fuego que se fue ensanchando con rapidez en dirección a esas horribles criaturas. Los salmos adquirían un frenesí excitado, permaneciendo en el aire como si estuvieran vivos. La sangre, el fuego y los temblores arrasaban a los muertos que no se volvían a levantar pero que rápidamente eran sustituidos por otros desconocidos. En un último paroxismo Laura gritó agudamente, tan alto que taladraba los oídos de los vivos pero que reventaba a las decenas de cadáveres que habían aparecido y les hizo esfumarse definitivamente en un estruendo que se unió a su chillido de muerte y destrucción.


Cuando todo terminó, Odu Kwara se quitó los collares sagrados de los orishas guerreros que llevaba y se los puso, uno por uno, a Laura, que mirándole fijamente los recibió y con una sonrisa selló el compromiso adquirido.


Finalmente había encontrado su lugar en el Universo.




FIN

24 comentarios:

  1. Una explosiva continuación que más que explosión ha sido un apocalisis, (porque casi no queda ni el apuntador). ja,ja,ja,ja,ja muy bueno amigo mío (aunque ya dije que ya me lo había leído y me lo conocía), no obstante me ha encantado el volver a leerlo. Un fuerte abrazo y feliz domingo!!

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    1. Gracias, amigo mío. He ido a celebrarlo comiéndome un arroz a banda especial con mis hermanas en un restaurante, donde nos hemos puesto como "serdos" y con postres caseros que, menos mal que no tomamos alcohol que si no no hubiera podido regresar.
      Reitero lo dicho. El día que nos encontremos te llevaré a este lugar donde acompañan como menú del arroz a banda: gambas enormes, croquetas de merluza, jamón serrano y postres caseros, más lo habitual.... Jejejejeje... Seguro que te he abierto el apetito y a todos los que lean esta entrada también.

      Un fuerte abrazo, mi mejor amigo.

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    2. Joder, joder, joder...!!! (yo intentando adelgazar y tu "ofreciéndome" estas artes culinarias). Ja,ja,ja,ja,ja,ja,ja,ja no sé si abrazarte o "escupite" cabronazo. Ja,ja,ja,ja,ja,ja,ja,ja

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    3. Tienes razón, soy un cabronazo. Escúpeme. Ahhh... Por cierto, los postres que eran caseros, eran trozos de tarta de tiramisú, chocolate, café, limón, queso y frambuesas con nata. De nada... !!! Se me olvidaba una tarta de bizcocho de chocolate con mermelada de naranja... jajajajaja...

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  2. Guau!! Impresionante continuación y trepidante ritmo en la historia hasta el final. Casi podía notar yo también el ritmo de los tambores en mi corazón...
    Casi sin palabras me dejas, amigo Ricardo.
    Ha merecido la pena la espera (aunque he de agradecer que haya sido corta, jejeje)
    Un saludo!

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    1. Muchísimas gracias, Ramón por tus palabras y me alegro horrores de que hayas disfrutado con su lectura.

      Un saludo, amigo!!!!

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  3. Bueno, bueno, bueno. Pensé que iba a morir yo también tan solo por leerlo. Jajaja me ha gustado mucho es trepidante. Ah y si me invitas a mi a ese restaurante prometo contarte la historia a la que hacia referencia ayer. Bešos.

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    1. Claro que te invito y si estamos todos juntos mejor y además doble ración de todo. Que dure dos días para que me cuentes esa historia al dedillo y muchas más, las que te dé tiempo, princesa.

      Un abrazo muy fuerte.

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    2. Gracias por princesa dos dias es poco pero bien cuando queres nos vemos mi chico .!! Por lo menos una semana!!! Besos y abrazos.

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  4. Buenos dias.!!! Eeee chicos a mi no me invitais a comer yo voy con el postre casero !!! La tarta de tres chocolate!!! Que os parece besos

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    1. Mujer!!! Cristina, claro que te invitamos y si además vienes con tarta de 3 chocolates, muuuuuucho mejor... Vente "pacá".

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  5. Buena novela, mejor que la comida,te llena antes y no te deja sitio solo para el postre:)))), besitos chicos soys mejores amigos

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    1. Muchas gracias por el piropo, Cristina. Me alegro que no te deje sitio. Así no engordamos y nos la dejamos para otros días en que no tengamos tanto que comer.

      Un abrazo.

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  6. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  7. Un fabuloso final con todos los ingredientes necesarios de una buena historia. Me has tenido enganchada a esos tambores y al ambiente que has recreado con maestría. Los orishas... quien sabe si no será alguno de ellos quien presione las teclas o conduzca la pluma. Enhorabuena y muchas gracias por el regalo!

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    1. El regalo es que tú lo leas y comentes, Lucía.
      Muchísimas gracias por pasarte y por ese bonito comentario.

      Un abrazo muy fuerte, Lucía.

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  8. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  9. Vale Ricardo brroma es brroma para mi es un honor conocerte,gracias por la invitacion ,lo pensare esa semana y te lo comunico eso en el caso que no molesto,y si sera no se un fin de semana cuando no yrabajo, quero decir un Sabado o un Domingo un honor con mucho respeto besos.

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    1. Sin palabras porque no sé a qué te refieres. Perdóname.

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  10. Un broche de oro como nos tenés acostumbrados!
    El corazón parecía hacer bom bom como los tambores aaajja, ¿qué más decirte que no sean solo halagos?
    Se disfruta y se aprende mucho al leerte Ricardo y mis felicitaciones por eso también.
    Abrazooooooooo :D

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    1. Gracias por tu comentario, Karina. Y por lo que me dices en él. Eso es lo que quería hacer sentir, todo, todo... Y parece que lo he conseguido.

      Un abrazo muy fuerte.

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  11. Ricardo, no sé qué decir me dejaste boquiabierto. Me parece una autentica obra de arte con un final sublime. La verdad tu vocabulario, las frases, el contenido de tus descripciones son de un auténtico maestro y yo cada vez aprendo más gracias por deleitarme con ese maravilloso relato. Un abrazo, maestro, Sotirios.

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    1. Sotirios tú no puedes faltar en mis comentarios, xD!!! Contigo renazco de las cenizas como el ave Fénix. Qué lisonjas y qué palabras!!! Muchísimas gracias a ti, Sotirios, por ser tan magnánimo y benevolente.

      Un abrazo fuerte.

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