Para romper con todo os ofrezco un relato que escribí para otro concurso en el que había por fuerza que basarse en un personaje de la novela "Leyendas de Lacenor. La ciudad blanca" que es una saga. El relato lógicamente no podía desmadrarse porque iba a ser el principio del siguiente volumen.
Como a mí no me contaron nada yo no os cuento nada, dado que da igual de qué vaya la novela pues funciona autónomamente. Espero que os guste.
EL GRAN SECRETO DE KALERNA
Kalerna y Konrad también habían participado en la reyerta
contra los sectarios Era su primera intervención en combate y, como novatos,
les correspondía sacar los cadáveres y quemar a los niños y adolescentes que
habían sobrevivido.
A Kalerna, que jamás dudó de la palabra de Cirn DeNekut,
el gran Paladín Blanco, le pareció excesiva la medida de quemar a los que
habían sobrevivido, sobre todo, para la pequeña que horas antes se había
acercado a él a saludarle y entregarle un ramo de orquídeas, las flores más
bellas de la región, y éste le había sonreído y acariciado el cabello. ¿Por qué
habría de morir esa niñita? ¿Cuánto mal se le podía haber metido en su
cuerpecillo en tan breve espacio de tiempo? ─se preguntaba Kalerna mientras
arrastraban al exterior a los cadáveres para quemarlos pues no podían ser
enterrados como los Seguidores de Isilwentari:
Diosa de la
Luz y
de la Vida. Pese a ser una
fervorosa devota de la Orden Blanca y su Paladín quemar a una niña de siete
años que había sido torturada con ritos y tatuajes de las Fuerzas del Mal, de
la Oscuridad, era una pena desproporcionada. La niña no había venido
voluntariamente sino que la habían raptado, como al resto de los
sobrevivientes, que rogaban por su vida mediante lastimeros gritos y súplicas.
Esta chiquilla no abría la boca, estaba tan asustada que Kalerna creía que no
había entendido la orden final porque se la veía tranquila y relajada por fin y
había dejado de llorar pensando que sus rescatadores la dejarían marchar y podría
ver a sus padres.
─¿Cuándo podré regresar a casa? ─le
preguntó a Kalerna cuando pasaba a su lado en busca de otro cadáver. Ésta se
quedó muda, realmente no sabía qué contestar. Veía su mirada llena de
esperanza, su ingenuidad y su pureza y no fue capaz de responderle que nunca,
que el gran Paladín Blanco había ordenado que fuera quemada viva. Esa mirada se
le clavó en el corazón y durante todo el tiempo que tardaron en sacar a los
muertos y disponer las llamas se planteó una y otra vez qué podía hacer aunque
quisiera salvar a la niña. En una de sus idas y venidas arrastrando los pesos
se cayó. Al tropezar contra el suelo y a la altura de sus ojos, detrás de la
puerta de madera de la entrada vio lo que podía ser un mecanismo para acceder a
alguna cámara secreta, no lo podía saber si no lo comprobaba y sus hermanos y
compañeros no paraban de pasar.
En un momento determinado decidieron
recuperar fuerzas pues tenían que seguir ahora cortando madera para hacer una
gran hoguera. Los cuerpos no prendían solos. Kalerna decidió que esa era su
oportunidad de saber qué había detrás de aquella aparente cerradura. Sus
compañeros estaban sudorosos, cansados y contaban las barbaridades que habían
presenciado o a cuántos habían ayudado a matar. Sutil como el aire se introdujo
en la cabaña. Lo que más temía era quedarse encerrada dentro. Tenía excusa para
cualquier otra circunstancia que sucediera.
Al llegar tocó esa cerradura,
parecida a un nudo gordiano, la tocó e intento accionarla en todos los
sentidos, de cualquiera forma. Tenía poco tiempo y debía darse prisa. En una de
las posiciones se oyó un ligero chasquido y una pared que hasta ese momento
formaba parte del zaguán desapareció trasladándose a un lateral. El sonido fue
tan suave que no pudo ser escuchado más que por ella misma. Era como el ruido
de un desplazamiento accionado mecánicamente. Como era de día bastó con la luz
del sol, que ya había salido, para ver que este era un cuarto secreto de los
seguidores de las tinieblas. En éste habitáculo se encontraba todo tipo de
instrumentos de tortura y potros de madera para llevarlas a cabo. A un lado se
encontraban las armas que los oscuros tenían para protegerse en caso de
necesidad y tres cofres, cuyo contenido ignoraba.
Rápidamente, comprobó que sus
compañeros seguían distraídos y se dirigió a la sala adyacente; con su daga
cortó las ataduras de la niña y se la llevó volando hasta la habitación
escondida. No confiaba en que se estuviese callada porque seguramente no
entendía nada de lo que estaba haciendo y solo confió en que la solidez y
grosor de los muros hicieran desaparecer los chillidos de la niña. De todas
formas, mientras la llevaba en sus brazos le contaba lo que iba a pasar con
ella.
─Escucha, niña. No hay tiempo de
explicaciones. Quieren quemarte, pero yo te voy a salvar. No me preguntes nada
más y quédate callada en este lugar, porque si te oyen o averiguan dónde estás
arderás viva en una pira de madera.
La pequeña solo abrió mucho los ojos
y la boca y Kalerna rezó para que no se descubriese, porque eso significaría no
solo la muerte de la chiquilla sino la de ella misma por haber desobedecido las
órdenes de Cirn DeNekut.
Dejó a la niña en el suelo
advirtiéndole que no tocara nada pues podía ser peligroso para ella y que
volvería en cuanto pudiera con agua y comida. Dejó prendidos dos velones que la
harían sentir segura y le pasó una capa de las que había colgadas por encima de
los hombros. A continuación se marchó. Volvió a accionar el mecanismo y el muro
rodó de nuevo a su sitio, sin que se apreciara ninguna diferencia con el resto
de la entrada. Estos oscuros trabajaban bien.
Regresó con sus compañeros. Se sentó
al lado de Konrad y le preguntó.
─¿Por qué el Paladín Blanco piensa
que estos niños han sido endiablados? ¿Tú crees en eso de estar contagiado solo
por unas horas al lado de los malignos?
La mirada de su hermano le hizo
arrepentirse inmediatamente de las dudas planteadas y, con intención de
remediar el daño, prosiguió,
─Yo estoy segura de que el Gran Cirn
sabe de esto mucho más que nosotros, y que si procede así es porque son
peligrosos.
Su hermano sonrió y ella se
tranquilizó. Con el tumulto de los cuerpos, la lucha, los cadáveres y la leña,
nadie se dio cuenta de que la niña faltaba pues no se había hecho ningún tipo
de recuento.
La gran pira de leña estaba lista y sobre
ella se pusieron los cadáveres y atados a ellos a los niños que aún quedaban
vivos, los cuales luchaban de forma denodada por liberarse. Los arqueros
retornaron a sus puestos y a la orden de su capitán dispararon las flechas de
fuego.
Kalerna quería taparse los ojos, los
oídos y la boca. Escapar de aquel horror. Era la primera vez que presenciaba
una imagen similar y por mucho que ella confiase en la certidumbre e
infalibilidad del Gran Cirn, esta vez le dolía mucho la decisión tomada. De
repente entre los gritos de los niños se alzó una carcajada diabólica que hizo
callar cualquier otro sonido. Esa risa heló la sangre de Kalerna pues seguro
que no provenía de ningún muerto sino de algunos de los sobrevivientes que ya
habían sido impregnados del Mal, de la Oscuridad.
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Cuando
corrió con la comida envuelta en una tela y el odre de agua a la extraña
habitación todos se habían retirado a sus hogares. Reinaba una paz bendecida
por haber limpiado el pueblo de servidores del mal. Todos los ciudadanos de
Orium estaban agradecidos al Paladín Blanco y
a sus caballeros por esta liberación. Ya no habría más desapariciones de
niños.
En el centro de la estancia la niña
estaba sentada en el suelo de espaldas a ella. Tenía la melena morena
despeinada, aún conservaba flores de lo que había sido el adorno floral para
recibir al Cirn. Pero también estaba llena de otros ungüentos y fluidos cuya procedencia
desconocía. Ni se volvió al oír sus pasos. Kalerna susurró suavemente
─Te he traído algo de carne y pan y
un odre lleno de agua. A la noche podré traerte algo de leche. Debes aguardar
aún aquí y descansar ─dijo, mientras extendía la tela con los alimentos y la
bebida, al lado de la niña─. Creo que mañana podré ponerme en contacto con tu
familia y devolverte con ellos. ¿Quieres?
No hubo respuesta de la pequeña que
aún no se había movido, a pesar de que el olor a carne era delicioso. Fue a
tocarla para sacarla de su ensimismamiento o de su miedo y sufrió una descarga
eléctrica que le entró por los dedos, en contacto con la capa y le recorrió el
brazo y el cuerpo entero. Se quedó rígida con un dolor inexplicable y mirando
con sorpresa a la niña que, en ese momento, se giró hacia ella y le dirigió una
mirada que no pudo definir. No parecía la misma niña. Esos ojos eran los de una
adulta, los que Kalerna había visto cuando la rescató habían desaparecido. Esa
inocencia e ingenuidad, la confianza y alegría con la que la llevó en brazos no
existían ya. A pesar del dolor olió algo que le hizo pensar en azufre y todo su
cuerpo se rebeló, cogió la daga que llevaba al cinto y la sacó. No sabía
exactamente qué estaba sucediendo pero en el momento en que brilló el cuchillo
con la luz de las velas, lo supo; los ojos de la niña miraron la daga y se
quedó paralizada. Súbitamente un empujón de alguna fuerza invisible la estrelló
contra la pared que se encontraba libre. Sintió un fuerte dolor en la espalda y
la cabeza con la que había chocado y fue lo último de lo que se dio cuenta
antes de caer en una negrura y perder el conocimiento.
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Antes
de abrir los ojos supo que no había suelo bajo sus pies, que estaba en el aire,
pegada a una pared y desnuda. El dolor de su cráneo iba y venía en oleadas. Su
cabeza pendía y el cabello la tapaba, por lo que aprovechó el momento para
abrir los ojos. Al principio, no distinguía bien nada. Luego confirmó que se
encontraba en el aire a cuatro palmos del suelo y adosada a la pared como si de
un imán y metal se tratase. Había mucha más luz de la que recordaba y pudo ver
en el centro del piso dibujado un pentagrama con algo de color granate, rojo
oscuro y en sus cinco ángulos había una vela. Intentó, sin poner en evidencia
que estaba despierta, buscar a la niña pero no entraba dentro de su campo de visión
y en un parpadeo estaba debajo, a sus pies, fijando en ella una mirada malva
electrizante.

Sus ojos brillaban por encima de toda esa luz y lucía una sonrisa
siniestra. Alargó la mano y una daga que había en el suelo voló hasta su
pequeña mano. En ese momento algo hizo que Kalerna echara la cabeza hacia atrás
y sus extremidades se abrieron como las aspas de un molino. La daga se elevó
por una mano invisible y comenzó a dibujar el mismo pentagrama que había en el
suelo sobre su piel, a la altura de su vientre. El dolor y el miedo se
acumulaban y le impedían chillar. Estaba aterrorizada. Temblaba de pies a
cabeza y pudo notar como sus esfínteres se aflojaban sin que ella pudiese
controlarlos. Lloraba pero no podía gritar. El cuchillo dibujaba, cortando su
piel, el maldito símbolo de la Oscuridad. Ya se daba por perdida y peor que
muerta, siendo una sectaria del Mal cuando de reojo vio, casi pegado al pie
derecho, el gran velón sujeto por un trípode de hierro. Intentó alcanzarlo sin
dejar de llorar pero temblaba tanto que no podía extenderse lo suficiente. La
daga seguía dibujando y marcando a sangre y fuego y, en un último y
poderosísimo esfuerzo, oró a Isilwentari:
Diosa de la Luz y de la
Vida y volvió a intentarlo. Dejó de temblar por un momento sustituyendo el
miedo por odio y rabia y pudo tumbar el trípode con su vela al suelo. Al caer
los aceites que había expandido la niña por el piso se prendieron así como la
capa que portaba y, en ese instante, Kalerna cayó a tierra, junto con su daga,
que cogió velozmente y aprovechando la sorpresa y el fuego que habían distraído
a la niña sin nombre corrió hacia ella y sin mirarla la sujetó contra sí misma
un minuto, lo suficiente para cortarle la garganta y degollarla. El fuego se
avivó, la cabeza rodó hacia el pentagrama. Kalerna se separó de la fuerte
llamarada que se produjo y cogiendo del suelo su ropa y la armadura de
caballero dio con el resorte para abrir la puerta y escapar sin mirar atrás.
Volvió a cerrar desde fuera, justo en el momento en el que un agudo chillido
lleno de ira y de rabia se elevaba hasta perforarle los oídos.
Se quedó sentada, trastornada,
aunque tras unos minutos se puso en pie, buscó en la cabaña un balde o algún
cubo con agua y al encontrarlo se restregó con fuerza todas las partes de su
cuerpo mientras rezaba, temblando «Gran Diosa de la Luz y de la Vida no dejes
que el Señor de la Oscuridad se apodere de mi alma» y lo repetía una y otra vez,
como un mantra. Con el cepillo de púas que encontró se quitó todo rastro de
aceites, sangre o humo que le hubiera quedado prendido o la hubiera tocado.
Con la piel roja y llena de arañazos
del cepillo y el pelo mojado se sintió por primera vez limpia y su primer
pensamiento fue para el Paladín Blanco: «Cirn DeNekuk llevaba razón, todo lo
que entre en contacto con el mal se vuelve maligno. Nunca más pondría en duda
sus decisiones y jamás dejaría que una mirada ingenua o infantil la engañase.
Antes de dudar mataría a todo aquel que los Oscuros hubieran tocado o pasado
junto a ellos. El mal podía adoptar muchas caras y cualquiera podía ser un
oscuro bajo su capa de pureza. Jamás volvería a cuestionar las decisiones de
Cirn».

Cuando salió de la cabaña totalmente
vestida nadie hubiera dicho al verla que le acababa de suceder algo espantoso.
Estaba cansada, lastimada y herida pero lo disimuló perfectamente. La ira por
el engaño fue una gran aliada en este empeño. Kalerna se prometió a sí misma
que el símbolo, a medio dibujar, que ardía y picaba en su vientre, jamás sería
visto por nadie y ella se convertiría en la mejor discípula de su gran
sacerdote.