Seguimos con esta historia de aventuras, ciencia-ficción, suspense, amor, thriller... Y que está en un punto álgido. El capítulo anterior era uno independiente, así que aquí es donde acabó el capítulo de la historia y empezó acá en este primer capítulo.
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Los científicos seguían queriendo saber muchas más cosas del lugar donde
vivía y de sus costumbres. Les habló de que después de la Tercera Guerra, que
duró dos horas, vino la paz entre UnderBov y su pueblo, Silver. Que se usaron
bombas terrestres que la Traductora optó por traducir como bombas atómicas.
Murieron más de novecientos millones de personas y todos los que vivían en la
superficie tuvieron que trasladarse a refugios bajo tierra porque ésta estaba
envenenada y así seguiría durante muchos años. De su pueblo apenas murieron
personas porque Plinio ya lo había predicho y proveyó de Refugios subatómicos a
toda la población.
─ ¿Y cómo funciona la máquina de la
comida, la de las telas o la de los zapatos o cualquier otra? ─indagó Richard─
Pregunto por la energía, lo que las hace producir interminablemente.
─ La energía Universal ─ respondió
segura Joyce.
─ Pero ¿cómo se hace para obtenerla?
─ No lo sé, hay una fórmula, una
ecuación, pero yo no sé lo que significa, solo sé cómo se llama: Infinito. Sólo
Plinio puede explicar lo qué quiere decir y cómo se hace eso.
Plinio, al parecer, era el todo. El
conjunto de la Sabiduría y el Conocimiento acumulados así que decidieron
proceder a descongelarle lo más rápido posible.
Cuando se marcharon yo hice ademán de marcharme pero ella me retuvo. Me
senté a su lado y ella colocó un brazalete de oro con criptogramas o
iconografías que yo desconocía, en mi brazo y otro igual en el suyo.
─Yo no soy Plinio, pero puedo mostrarte. Cierra los ojos y el puño. Yo te
mostraré.
Hice lo que me pidió y en un segundo yo me encontraba en medio de una
escena parado, observándolo todo pero sin que a mí me pudiesen ver ni afectar
nada. Vi masacres, guerras, muerte, destrucción, la bomba atómica, una, dos,
tres, la tierra envenenada, las personas como Joyce corriendo por unos largos
pasillos como si fueran túneles… Era mucho mejor que un video-juego pero yo no
podía interactuar. Mi misión se limitaba a observar lo que sucedía. Otros como
ella vivían tranquilos, no había guerras, jugaban, reían, nadaban, volaban en
sus vehículos espaciales, pero se superpusieron las imágenes de destrucción y
se veía a los invasores que se multiplicaban por mil, a medida que los mataban,
y que llegaban hasta Silver, su pueblo y los chillidos, la sangre, los niños
muertos, los animales empavorecidos huyendo… y en un segundo, una cara, solo
una cara ante mí, con unos ojos grandes verdes que se inclinaba hacia mí, era
un hombre, y en ese momento, todo se llenó de rojo y se apagó todo. No hubo
más.
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Sentí las manos de Joyce abriendo mis puños y quitándome el brazalete, abrí
los ojos y se estaba quitando el suyo. Le pregunté.
─ ¿Egon?
Y ella sin decir nada comenzó a llorar quedamente, derramando todo su dolor
ante mí. Si antes sentí celos por él o en algún momento le odié, ahora sólo
imploraba que de alguna forma pudiera vivir para que, aunque la perdiera, le
arrancaran ese sufrimiento que sentía. Sus lágrimas se derramaban sin cesar,
suaves, incontenibles y apenas había sollozos, pero temblaba como una hoja. La
cogí y la atraje hacia mí suavemente, le dije palabras que no recuerdo y le
acaricié su cabeza, su pelo, abrazándola. Ella se dejó hacer.
En lo que para ella eran cinco minutos de sueño, había perdido todo lo que
la rodeaba, todas las personas amadas y a Egon y ni siquiera le quedaba el
consuelo de esperar que continuara viviendo después de haber transcurrido tanto
tiempo. Este mundo salvaje la asustaba, por eso, solo confiaba en Magnus y ante
él podía mostrar su inimaginable tormento. No tanto como ella hubiese querido
porque su intención era morirse, desaparecer, pero mientras tanto, su único
amigo era Magnus y se sentía mejor en sus brazos, por lo menos, protegida de sí
misma y sujeta a una roca que no la dejaría sumirse en las profundas lagunas de
su aflicción.
Pasó mucho tiempo hasta que se quedó dormida por el cansancio, las lágrimas
y el pesar. La llevé en brazos hasta su cama y la deposité suavemente. Me daba
pena soltarme de su cuerpo por si se despertaba y no me hallaba. Junté a ella
mi cama y seguimos con las manos unidas toda la noche.
Como Joyce no puso en conocimiento de los demás la existencia del aparato
que me había enseñado, estimé que no quería que nadie más supiera cómo se
sentía o cómo era todo aquello. Lo guardé bajo llave en una de mis estanterías.
No hablaría de ello con nadie hasta que ella me lo permitiera.
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(Imagen encontrada en Google)

A través de
la emisora llegaron noticias de que un centenar de submarinos atómicos rusos se
habían puesto en camino hacia el Polo Sur. Los satélites de América que
dirigían y ponían en funcionamiento los misiles aeroespaciales cambiaron sus
coordenadas poniéndolas hacia el Polo Sur. De Europa un portaaviones submarino
atómico cambió de ruta y giró al Polo Sur. China, enardecida, puso de
manifiesto estas avanzadillas de las grandes potencias pero era un acuerdo
secreto entre los gobiernos más ricos para que nadie intentase llevarse a
Plinio y su conocimiento o destruirle por el mismo motivo. Los interpelados
explicaron sus razones, puesto que aquel grupo de científicos no estaba
preparado para el ataque de una potencia cualquiera o de mercenarios de un
dictador que quisieran apresar a Plinio o matarlo habían decidido proteger
entre todos esa vasta zona del Polo Sur formando una cadena impenetrable,
garantizando con ello la seguridad de Plinio, el grupo de científicos y los
tesoros que se pudieran descubrir. Después de este razonamiento, China se alió
y también los otros países y mandaron sus tropas para la protección de la base
polar Ibiza. Respetaron un perímetro que la base Ibiza exigió y se prepararon
para permanecer allí el tiempo que fuera necesario.
Nada ni nadie lograría cruzar entre las líneas armadas y sus radares,
sonares y sondeos.
La humanidad aplaudió esta idea pero no todos estaban de acuerdo con que
los conocimientos de Plinio salieron a la luz y estas personas eran las más
peligrosas pues en sus manos tenían el dinero y el poder pero dejarían de
tenerlo si los avances tecnológicos y la misteriosa energía universal se
pusieran a disposición de todos.
Así que algunos compraron a individuos, los sobornaron o amenazaron y
dichas personas iban en la tripulación de un navío de un estado o en un
submarino atómico o un portaaviones aéreos.
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(Imagen traída de Google)
La
reanimación de Plinio estaba en marcha. Se apresuraron a fundir el helio líquido
que le servía de colchón y cuando todo estuvo preparado cortaron el cordón
umbilical que le unía al Refugio. En el momento de terminar de escindirlo, hubo
como un gemido largo y tortuoso de un motor que se apaga porque ha acabado de
cumplir su misión, el trabajo para el que fue creado, todas las luces se
apagaron; esa luz azulada cesó y solo quedaron los focos que habíamos
transportado nosotros a su interior. Cuando se rehicieron, a la orden de
Arthur, los cuatro hombres izaron a Plinio y lo llevaron al quirófano-enfermería,
como habían hecho con Joyce.
Lo depositaron en la camilla y siguieron vertiendo sobre él aire cada vez
más caliente. Enseguida vieron que su piel estaba magullada, incluso en algunos
sitios quemada y contusionada, sin saber todavía si había algún hueso roto o
derrame interno, así que le vendaron con apósitos para que cuando fuera
despertado o su cuerpo empezara a vivir, se fuese curando con los medicamentos
más eficaces de la tierra.
Todo él estaba vendado de los pies a la cabeza, como si fuera una momia,
incluso ese pene erguido al que las enfermeras trataron con especial cuidado.
Le introdujeron tubos por la nariz y le conectaron todos los electrodos y demás
cables que habían puesto a Joyce, a los que habían añadido una máquina de respiración
artificial, por si acaso, y un corazón mecánico.
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(Este capítulo tiene mucho que ver con la novela, sí y no, pero me gustaría que le prestarais especial atención en relación a problemas semejantes anteriores, actuales y futuros que se presentarán).
(Imagen sacada de Google)
Arthur recordó de pronto la discusión con su compañero
médico-cirujano, Edgar, a raíz del trasplante de corazón del Sr. Jensen, un
multimillonario de sesenta años, cuyo corazón fallaba.
Hice una apuesta con Edgar a que pediría corazón de metal. Él rezongaba.
El ascensor se paró delante de la puerta del quirófano. La enfermera
empujó, aunque no fuera preciso, la silla neumática volante, hasta donde estaba
Edgar.
─Soy el cirujano Edgar Believe, Sr. Jensen. Le voy a atender personalmente,
tal como usted ha solicitado, pero antes de proceder a la intervención quisiera
saber si desea…
─De metal ─respondió Jensen, sin esperar a que acabara de formular la
pregunta─. ¿Acaso tiene usted algo en contra de los corazones de metal?
─No, señor, nada hay en contra, pero estamos utilizando los más modernos
corazones…
─De plástico. No lo quiero. Deseo y exijo un corazón de metal, el más
fuerte y poderoso.
─Sr. Jensen, no son de plástico, son de fibra polimérica que les dota de
una calidad extra al asemejarse tanto al propio corazón humano. Es igual de
resistente. Y hasta la fecha no ha habido ningún fallo.
─¿Es que en los de metal hay fallos?
─No, pero si se estropease, por razones electrónicas, sería mucho más fácil
que el equipo que interviniese en esa reparación, llegase al corazón de fibra.
─¿Se ha estropeado alguno que haya exigido su reparación?
─No ─reconoció Edgard.
─Entonces ¿está usted sordo Believe? Le he dicho que quiero un corazón de
metal y no se hable más.
─De acuerdo, señor. Mañana por la mañana procederemos a su trasplante a las
ocho de la mañana.
El Sr. Jensen dio media vuelta y la enfermera, que lo estaba esperando, se
lo llevó solícita.
Apenas se hubo ido, entró Arthur, médico ingeniero y supo que había pedido
un corazón de metal, aunque no lo dedujo de la expresión de su compañero.
─Bueno, tenía razón, ¿no?
─Por supuesto, pero es que no lo entiendo. Lo más parecido a la corporeidad
del ser humano y de su corazón se ha logrado por fin y lo tiene a su alcance.
Puede ponérselo y estaría tan seguro de una enfermedad cardíaca como con el
otro y es igual de resistente, pero no, no quiere. Prefiere un corazón de
metal.
─Era de esperar ─señaló Arthur─. Desde que la ley, que solo se aplicaba en
Suiza, dotó de personalidad y equiparó a los robots con los seres humanos,
existe una fijación por parte de los humanos, en sustituir cada parte de su
anatomía dañada o, antes de que se dañe, por una pieza de metal, teniendo a su
disposición otras piezas en todo equiparables a las de metal, pero con la
constitución aparente de la carne humana. Sin embargo, todos lo rechazan. Y, al
contrario, los robots quieren ser sustituidos por estos implantes parecidos a
los humanos.
─¡El mundo se ha vuelto loco! ─exclamó Edgard─. ¿A quién se le ocurre
ponerse piezas del otro y el otro del uno? ¿Qué sentido tiene?
─Estás hablando como un racista, Edgard.
─Creo que sí y no me importa, pero yo nunca cambiaré mi esencia, lo que
soy, por nada del mundo. ¡No renegaré de lo que soy! ─aseveró Edgard─. Y no
entiendo estas mezclas de razas diferentes y estos híbridos que no llevan a
ninguna parte. Al final, no distinguiremos un humano de un robot y viceversa.
─Pero si de eso se trata, Edgard. Equiparar a los unos con los otros es
volverlos iguales ante la ley. ¿Por qué no ser también parecidos físicamente y
en su interior?
─No me parece bien y no creo que el Señor vea con buenos ojos lo que
estamos haciendo, alterando lo que él ha creado. ─sentenció Edgard. Y la
conversación se dio por terminada por su parte. Recogió sus cosas y con un
saludo de su cabeza metálica, el robot Edgard Believe, desapareció.
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(Continuará)